lunes, 15 de marzo de 2010

" El buscador de guacas "

Para la mayoría de las personas este título no les dirá nada. No habrán oído hablar del libro y ni siquiera sabrán lo que es una " guaca ".
A mí me pasaba lo mismo hasta hace dos semanas que dí con él de casualidad, como debe ser.
" El buscador de guacas " es el primer libro de Luisa González, una escritora jienense afincada en Tarragona. Está publicado por Edhasa Editorial y si tienen oportunidad léanlo.
Es lo más parecido a Macondo y sus historias que yo haya podido leer.
La historia de un pueblo del Sur llamado el Salado a principios del siglo XX está tan bien construida, diseñada y plasmada en sus ciento y pocas páginas, que no quería que se acabara.
Disfrutaba cada letra, sentía que estaba viviendo algo diferente, un universo de realismo mágico en nuestra tierra.

El buscador de guacas es la pequeña historia de un personaje que se dedica a buscar tesoros escondidos, que lo hace no por vocación, aunque históricamente toda su familia se hubiera ocupado de ello, sino que es el destino quién le marca al personaje atravesar el Océano y plantarse en un pueblo perdido en un tiempo que presumiblemente no era el suyo.

El único pero que yo le pondría al libro es que se me hace corto, que la historia daba para bastante más, pero si tengo que destacar algo es la maravillosa sensación que te queda de haber digerido LITERATURA en mayúsculas.

No se encuentra fácilmente, quizás en bibliotecas o en ese sitio donde venden muchas cosas diferentes, sí, no tengo ganas de decirlo yo, de hacerles publicidad gratuita. Bueno, también está internet, que se puede conseguir en la red.

viernes, 12 de marzo de 2010

Miguel Delibes

Esta noche el cuerpo me pedía escribir un nuevo cuento, o darle otra vuelta de tuerca al cuento de anoche, pero la noticia de hoy me dejó con ganas de hablar de él.


Se nos ha ido uno de los grandes de nuestra literatura, un hombre con un universo propio que nos ha hecho amar la literatura y los libros, sus libros.
Me he puesto a pensar que nos ha tocado vivir una gran época de grandes hombres, de hombres a los que hemos sentido cercanos aunque ya no estén. Desde Fernán Gómez a Delibes, de López Vázquez a Benedetti, de Alberti a Cela o al gran Dalí y otros que están vivos, pero que algún día se nos irán de nuestra vida para la gloria: Ahí están Vargas Llosa o Gabriel García Márquez.
También reflexiono en voz alta pensando qué suerte tuvieron quienes pudieron conocer a Lorca, a Shakespeare, a Verne, a Valle-Inclán, a Gómez de la Serna, al mismo Cervantes, quienes vivieron su misma época sentirían seguramente una suerte inmensa de convivir con esos genios.
Pues nosotros debemos ahora cuando se marchan, recuperarlos de nuevo, hacerlos nuestros, vivirlos y sentirlos, pues su cuerpo no está pero sí su alma en forma de libros.
Hace poco leí de Delibes un libro llamado " Mujer de rojo sobre fondo gris " que me marcó, aunque no era la mejor época, no niego su valor literario.
Quién no recuerda " Los santos inocentes ", o " Cinco horas con mario ", que por cierto fue la primera obra de teatro que recuerdo haber visto, o Las ratas, o Diario de un cazador.
Es hora de sentirnos orgullosos de un gran amante de la naturaleza, de uno de nuestros grandes escritores en lengua castellana.

jueves, 11 de marzo de 2010

" Decadencia "

Los primeros rayos de sol comienzan a desplegarse sobre la gran llanura. A primeras horas de la mañana los esquivos animales del bosque salen de él a la búsqueda de pasto que va ya escaseando en esas fechas, pues la primavera va finalizando y el calor poco a poco se va mostrando más furioso.
Conejos, perdices, palomas, zorros, meloncillos, corzos, gamos y un sinfín de aves se despliegan aquí y allá en una perfecta y desordenada armonía. Pero de entre todos ellos destaca por su potencia, tamaño y virilidad el ciervo. Un gran macho de amplias cuernas olisquea el ambiente una y otra vez, no encuentra peligros acechantes, da una gran carrera y se para junto a la charca que va secándose alarmantemente y donde los reyes son las ranas con su croar matutino. Comienza a beber agua pausadamente, dos buitres sobrevuelan su cabeza varios metros por arriba, lo hacen de forma circular, sin apenas mover las alas, aprovechando las corrientes. Quizás tampoco hoy obtengan alimento, pero no desesperan, esa es su principal arma, la paciencia.
El sol hace su aparición majestuosa por las sierras de Oriente, no hay nubes a su alrededor. El macho levanta su gran cornamenta lentamente, y la vuelve a agachar para pastar entre ramales y cardos salvajes. Un sentido extremo de supervivencia le avisa de que algún peligro está cerca. Un solo segundo le basta para esquivar el hachazo del ser que sale súbitamente del barro.
Estira las patas y corre, corre a una velocidad endiablada hasta perderse entre la maleza de los primeros acebuches.
Las ranas cesan temporalmente su canto. Ellas también se han asustado. El hombre maldice su mala puntería, lo hace con gruñidos secos, enseña los dientes en señal de rabia. Era una buena presa con la que poder alimentar a la tribu durante varios días, pero el animal ha sido más rápido que él, quizás esté perdiendo reflejos. Vuelve tras sus pasos, bebe un poco del agua que minutos antes le ha servido de escondite y comienza el regreso al poblado. Le espera un buen trecho hasta llegar a él, así que come un trozo de la carne seca que ha traído y comienza la marcha hasta las cuevas de la montaña.
Aunque su mentalidad es bastante limitada, sus pasos cansinos denotan una sensación de fracaso de la que no puede escapar.
Quizás sea el momento de que jóvenes más fuertes que él sean capaces de tomar su puesto.

lunes, 8 de marzo de 2010

El bichito

Cae la noche en Puno.

En el pueblo, allá en el altiplano andino, viven no menos de doscientos vecinos. Pasan hambre y malviven de la agricultura.

Hacen fuego con excrementos de llama para calentarse, pues hay mucho contraste entre el día y la noche. Pasan de 30 grados a las horas de sol hasta los -5 grados de madrugada.

En una mísera casa de adobe, cuando los padres duermen, uno de los tres chiquitines se revuelve en el camastro inquieto.

Un minúsculo bichito sale de las grietas de una de las paredes, y otro, y otro, y otro, y así hasta cientos de ellos campan por la casa. Esta noche le tocará al pequeñín.

Le picarán, introducirán en su cuerpo el somnífero para que no despierte para comenzar a sorber sangre y más sangre, hasta cuadruplicar su tamaño. Ya saciados se retirarán a sus escondites.

Así una noche, y otra, y otra la vichuquita entrará en todos los miembros de la casa.

Quizás el bebé no llegue a adulto.

Un súbito desplome cuando parecía sano se llevó a un hermano y a su abuelo.

Así cincuenta mil personas cada año.

Los que vivan sabrán que el bichito les continuará picando todas las noches.

Nadie hará nada para erradicarlo.


Esto que he contado parece un cuento pero es la pura realidad de muchos pueblos de Perú, Bolivia e incluso Chile o Argentina.

Se conoce como el Mal de Chagas y poca gente está haciendo algo para intentar erradicar la enfermedad que no es nueva, pues se conoce mínimo desde hace un siglo.

Miles de personas han muerto ya o la padecen, pero son otros de " los olvidados".

Hay una doctora valenciana que ha desarrollado una pintura blanca con la que es capaz de esterilizar y matar las vichucas. Está luchando y consiguiendo resultados en el terreno, pero falta apoyo de los países involucrados.

Espero que esta denuncia sirva para que nos concienciemos de que hace falta más apoyo a las investigaciones.

jueves, 4 de marzo de 2010

Confesiones de un pecador

El padre Ambrosio acostumbraba a esas horas a dar su buena cabezadita sobre el cojín del confesionario, en primer lugar porque era lo más tullido que tenía, en segundo porque en la Iglesia se estaba fresquito y en tercero, porque en pleno verano, a las cuatro de la tarde ningún feligrés se atrevería a ir a buscarle. Roncaba después de un buen gazpacho reclinado, aguantando la cabeza con la mano derecha, cuando notó una mano que se posaba en su hombro.

Dio un respingo y se levantó de inmediato.

Padre, padre, decía una voz a otro lado de la rejilla.

¿ Quién eres hijo ?, estas no son horas de confesión.

Soy Pascualito, el hijo de Ramón. Necesito confesarme con usted, padre Ambrosio.

Ya te he dicho, que la hora es por la mañana o esta tarde, antes de misa de ocho.

Pero lo mío es muy urgente, padre, no puedo esperar. Lo he visto.

¿ A quién ?, hijo.

A él, al maligno.

El padre Ambrosio, cuya edad rondaba los sesenta, único párroco de la Iglesia de San Blas de la pequeña población sevillana del Madroño se terminó de despertar del todo. Llevaba poco tiempo allí, pero no le disgustaba el lugar, por lo menos podía comer caliente todos los días. Ser cura a finales del siglo XIX no significaba gran cosa, pero de hambre no moriría, de eso estaba seguro.

Para un burgalés acostumbrado a dar tumbos de pueblos nevados con frío y más frío, llegar a una tierra cálida, tórrida en verano, casi fue una bendición que el divino puso en sus manos.


¿ Cómo dices ?.

Padre, usted siempre nos enseña en las clases de catequesis que el diablo está entre nosotros, que tenemos que renegar de él, y que puede tomar muchas formas. Yo lo he visto con mis propios ojos esta tarde.

¿ Cómo ha sido ?, el cura no daba demasiado crédito, pero aún así mostró interés.

Venga conmigo y se lo mostraré.
¿ Ahora ?.
El chico parecía que hablaba en serio por el rictus que ponía con la boca. Estaba nervioso, mucho, demasiado quizás. Ni siquiera dejó que el cura reaccionara, tiró de la sotana con tanta fuerza que lo levantó del reclinatorio.
En diez minutos, niño y hombre salían del pueblo y tomaban un camino de vacas que salía al norte. A esa hora hacía calor, pero la umbría del bosque de pinos que recorrían mitigaba un poco sus sudores. Don Ambrosio arrastraba sus sandalias raídas, a duras penas alcanzaba al chicuelo que ya casi se le perdía tras el recodo.
Durante un tiempo que se le antojó eterno ambos subieron y bajaron la montaña, pero al doblar una de las curvas, cuando el camino comenzaba a despejarse de árboles, el padre Ambrosio comenzó a notar un olor diferente, distinto a todo lo que había sido capaz de percibir en sus años de vida. Le desconcertó mucho. Así anduvieron hasta que el carril terminó.
Don Ambrosio Vázquez de la Torre abrió la boca como para decir algo, miró al niño y se desmayó.
Lo que había visto era superior a todo lo conocido. Su obtusa mente no había sido capaz de asimilar aquello.
Solamente cuando el padre de Pascualillo les explicó a los dos qué era aquello, niño y cura, cura y niño se tranquilizaron.
" Aquello " era el Río Tinto.

lunes, 1 de marzo de 2010

" La tormenta perfecta "

Los meteorólogos últimamente son muy dados a ser protagonistas de la información. El fenómeno sufrido este fin de semana lo bautizaron como " la tormenta perfecta ". Perfecta no lo sé, pero jodida sí ha sido para mucha gente.
Nosotros en Facinas no vivimos ni por asomo las influencias de esos vientos huracanados, pero el sábado sí notamos una sensación extraña en el ambiente que tenía a personas y animales un poco mosqueados. La noche pasada lhabía llegado el levante, suave, pero por la mañana las rachas se hicieron más fuertes hasta que de pronto desapareció.
Calma chicha en el ambiente.
Nubes negras se movían a gran velocidad , sobre nuestras cabezas, lo hacían del mar a la tierra, pero no descargaban agua, algunas gotas quizás.
Un aire caliente, sofocante, empezó a recorrer las calles del pueblo, un aire que hizo dar vueltas agitadas a un grupo de buitres que sobrevolaban la sierra de Fates, pero lo hacían a una velocidad anormal, demasiado rápida, bajaban y subían descompasadamente.
El fenómeno extraño se mantuvo un buen rato, era la amenaza de algo, quizás lo más parecido al preludio de un tornado, un huracán, o un fenómeno similar.
La tarde trajo algo de lluvia, viento, más viento hasta que el calor desapareció completamente.
Fue la amenaza de algo que allí no explotó.

jueves, 25 de febrero de 2010

C-3

Hace dos mañanas que viví una experiencia que por el cometido podía entenderse como normal, pero no con quién la sufrí.
Para no parecer demasiado personalista, aunque la situación fue mía, pongamos que usted que me lee, bueno, tú que me estás leyendo ahora mismo, perdiendo un poco de tu tiempo, quitándote minutos de esa maravillosa televisión, de sueño, de lo que es peor, de disfrutar de una buena lectura , ¿ Hay algo mejor que hacer por la noche que leerme a mí ? ... sí, pillín o pillina, sí, sí, sí, sí hay algo mejor, mucho mejor, muchíssssssssssssssimo... no lo digo pero te lo imaginas, a que sí.
Al grano que me pierdo, ¿ porqué siempre tenemos que acabar pensando en lo mismo ?. Preguntas sin respuesta.
Imagínate que vas una mañana a una administración de Hacienda, bien desayunado, con el coche mal aparcado, en doble fila, porque si te fijas, no suele haber aparcamientos cerca de la A.E.A.T., será para que cuando llegues estés cansado y harto de dar vueltas por ahí.
Coges tu numerito en la máquina de la entrada tras dudar como un ..., te fijas bien o preguntas al vigilante que no tiene ni idea, perfecto, él no tiene porqué saber eso. La de información en ese momento ha salido a desayunar y está el registro que la sustituye, pero la cola ya va por cinco.
Si tienes suerte y has acertado en el número te sientas en el banco a esperar hasta que te toque. Vas al servicio porque has llegado justo, pero en ese momento dicen por la pantalla central, C-3, tu número. Te aguantas porque si se te pasa el turno a esperar.
Das los buenos días a la persona que te toca frente a ti. Te sientas, respiras hondo, e intentas explicar lo que vienes a hacer. El personaje que me toca enfrente no parece de este mundo, si tienes que ser más preciso, terrícola sí pero seguramente ha sido abducido por un extraterrestre de otro planeta. Casi no habla, la cara no es de asombro, ni de alegría, ni de tristeza, ni de concentración, ni de entusiasmo, ni de aburrimiento, ni de nada. No tiene cara de nada. Sus movimientos son lentos, pausados, como si todo le fuera extraño. Pero lo que más me choca es que no pestañea, sujeta la cabeza a la altura de la barbilla con la mano izquierda para que no se le caiga mientras que con la derecha maneja el ratón como un avestruz.
Te tiene desconcertado totalmente hasta que de su boca salen las palabras mágicas, " eso se lo tiene que resolver mi compañera ". Se levanta, va a la mesa de ella, vuelve a sentarse frente a ti. Esperas dos minutos, tres, cuatro, cinco, seis. El sigue sin hacer ningún gesto, quizás agradece que la silla esté allí para que por lo menos le sujete, hasta que llega la chica y te resuelve la cuestión en medio minuto.
Sales disparado esperando que la Policía Local no te haya multado o el coche no esté y cuando recapacitas piensas un poco en el personaje.
Si tenías alguna duda de la existencia de seres de otro planeta, esa mañana te convences de que son capaces de transmutarse en fisonomía de personas, lo juro.