Hoy es uno de esos días en los que apetece solamente hacer una cosa: Sentarse en el patio a contemplar la lluvia caer, con un buen libro en las manos y dejar que el cielo se manche de negro, que pierda su tonalidad acostumbrada, que el sol no quiera trabajar y que las estrellas se tomen un descanso en el guiarnos por el mundo.
Ni obligaciones, ni niños, ni carreras, ni coches, ni siquiera radio, solamente agua y más agua castigando la mesa de cristal, dejando que las canaletas del techo marquen el camino a seguir hasta llegar hasta el suelo.
Es un día para que los sentidos se desparramen, los recuerdos se mezclen con las miles de gotas, y la naturaleza se muestre con fuerza.
Hoy es un día de esos que llamamos especial.
viernes, 19 de octubre de 2012
lunes, 8 de octubre de 2012
Dos viejos zapatos negros
Junto a los juzgados de Sevilla, abandonados en la acera, yacen dos zapatos negros. No son muy viejos, ni están rotos, solamente son dos zapatos, un par con las bases están aplastadas por el uso de alguien que no quería perder el tiempo en calzárselos, o no supo.
Dos zapatos sin dueño, pero seguramente con un pasado, el del que espera que su ser querido salga por la puerta despues de un fin de semana de calabozo, del que se abandona a sí mismo, del que no sabe ni adonde va, ni de donde viene.
Zapatos de un vagabundo de sí mismo, o de la prostituta que espera a su chulo, o del drogata que aprovecha la oscuridad de la noche para meterse todo lo que pueda.
O simplemente, de la que se compró un par nuevo y tiró los viejos donde mejor le vino.
Dos zapatos negros usados cuya historia no conoceremos jamás.
Mejor así.
Dos zapatos sin dueño, pero seguramente con un pasado, el del que espera que su ser querido salga por la puerta despues de un fin de semana de calabozo, del que se abandona a sí mismo, del que no sabe ni adonde va, ni de donde viene.
Zapatos de un vagabundo de sí mismo, o de la prostituta que espera a su chulo, o del drogata que aprovecha la oscuridad de la noche para meterse todo lo que pueda.
O simplemente, de la que se compró un par nuevo y tiró los viejos donde mejor le vino.
Dos zapatos negros usados cuya historia no conoceremos jamás.
Mejor así.
sábado, 6 de octubre de 2012
Santiguarse antes de salir
Ocho de la mañana, en el semáforo de siempre, salida de ciudad dormitorio hacia Sevilla. Miro a mi izquierda, un Opel Astra familiar conducido por un hombre. Me imagino su situación, el hombre casi no ha dormido en toda la noche. Se ha afeitado a toda carrera, ha dejado a su mujer vistiendo a los niños, les ha dado un beso a los tres, a ella uno más profundo, ella se ha extrañado de tanta efusión, no es normal.
El semáforo sigue en rojo, continúo su historia. Mira en el asiento del copiloto, y efectivamente, está el maletín, quizás el encargo de su vida, hoy no es un día normal, no, ese maletín debe llegar a su destino, y en una hora determinada. Tiene exactamente dos horas y quince minutos. El tiempo suficiente para tomar un café cargado, disimular un poco en la oficina como si hiciese alguna gestión y salir como todas las mañanas a las nueve y treinta horas. Supuestamente, a buscar nuevos clientes. Eso es lo que piensan todos, incluso ella, su mujer.
Ellos no se le permitirían, no, esas son las reglas, las innegociables reglas de la secta, las que aceptó hace ya tres años, y no se ha arrepentido jamás, aunque las exigencias sean fuertes, duras.
El semáforo se pone en verde, arranco, él también, pero antes se santigua antes de apretar el acelerador y cambiar de marcha.
Le veo marcharse.
Suerte.
O no.
El semáforo sigue en rojo, continúo su historia. Mira en el asiento del copiloto, y efectivamente, está el maletín, quizás el encargo de su vida, hoy no es un día normal, no, ese maletín debe llegar a su destino, y en una hora determinada. Tiene exactamente dos horas y quince minutos. El tiempo suficiente para tomar un café cargado, disimular un poco en la oficina como si hiciese alguna gestión y salir como todas las mañanas a las nueve y treinta horas. Supuestamente, a buscar nuevos clientes. Eso es lo que piensan todos, incluso ella, su mujer.
Ellos no se le permitirían, no, esas son las reglas, las innegociables reglas de la secta, las que aceptó hace ya tres años, y no se ha arrepentido jamás, aunque las exigencias sean fuertes, duras.
El semáforo se pone en verde, arranco, él también, pero antes se santigua antes de apretar el acelerador y cambiar de marcha.
Le veo marcharse.
Suerte.
O no.
domingo, 30 de septiembre de 2012
El impenetrable olvido
El fuerte viento de levante que llega
sin freno de la sierra se apodera del
lugar ausente ya de protección. El toldo verde de malla que con tanto mimo
habían desplegado los dueños de la casa en el acogedor patio ha desaparecido
por completo, quizás se lo llevó el abandono, puede que el propio aire lo
hiciera suyo o algún familiar lo quitó.
La sombra que antaño cobijaba al hombre
y a la mujer ya quedó derrotada en una batalla desigual por el sol impenitente que diariamente campa
a sus anchas hasta que quiera marcharse por las montañas que desembocan en el
Atlántico para volver el día siguiente con igual o más fuerza.
El patio sin vida es algo tétrico, un espejo sin reflejo, vagabundean los recuerdos pero nadie acude en su búsqueda.
El patio sin vida es algo tétrico, un espejo sin reflejo, vagabundean los recuerdos pero nadie acude en su búsqueda.
Animales nunca hubo allí, pues su dueño se
sobró con cuidar las ovejas y los perros pastores.
Algún gato vecino recorre sus rincones
buscando ratones desprevenidos o alguna pequeña musaraña
Quedan pocos rastros de una vida anterior
de felicidad.
Las plantas continúan su lucha por la
supervivencia. El viejo jazmín sigue desplegando un abanico de olorosas flores
blancas que nadie recoge, el olivo junto al vacío gallinero extiende sus ramas
a la casa del vecino, las malas hierbas han sido podadas por los hijos en
previsión de un posible incendio, algunos cactus rugosos se mantienen en pie,
otras flores se han secado, el desvencijado portón se oxida a pasos agigantados,
el pozo ciego ha perdido su boca, quizás en un desesperado intento por
respirar, la hiedra poco a poco se va apoderando de todo, ella vence a la
nostalgia, crece con el abandono., se hace fuerte.
El agua del grifo no gotea, también está
muerta. ¿ Existe algo más desolador que una casa sin el sonar, aunque ocasional
de gotas fluyendo vida?.
Afuera, la pequeña acera se ve invadida
por el maestranto, plaga sin cuartel.
No hay canarios que canten al mediodía,
no despierta el gallo al amanecer, no se oye el pasar de las hojas del
periódico, ni al hombre haciendo empleitas, ni a la mujer regando las flores
con mimo, ni un libro que alegre las tardes de soledad, ni un buenos días a los
vecinos, ni charlas literarias al socaire del levante, ni el sonido de la radio
por la noche, ni niños jugando, ya no hay nada.
Quedan los recuerdos flotando en el aire a la espera de que alguien los
recoja y los haga suyos.
Pasa la vida.
lunes, 24 de septiembre de 2012
A ti
A ti, que me diste la vida.
Que lo entregas todo sin pedir nada a cambio.
Que no hablas muchas veces por no molestar.
Por ser como eres.
Por encallarte las manos por hacer de nosotros alguien en el futuro.
Que luchaste por la supervivencia de mi padre durante tantos años.
Sin una voz, sin un quejido, sin un lamento.
A ti te quiero decir esta noche.
Que sigas con nosotros muchos años.
Que los ochenta que cumpliste hace pocos días se conviertan en cien dentro de unos años.
Que te necesito cada día.
Que te quiero.
A ti, mamá.
Que lo entregas todo sin pedir nada a cambio.
Que no hablas muchas veces por no molestar.
Por ser como eres.
Por encallarte las manos por hacer de nosotros alguien en el futuro.
Que luchaste por la supervivencia de mi padre durante tantos años.
Sin una voz, sin un quejido, sin un lamento.
A ti te quiero decir esta noche.
Que sigas con nosotros muchos años.
Que los ochenta que cumpliste hace pocos días se conviertan en cien dentro de unos años.
Que te necesito cada día.
Que te quiero.
A ti, mamá.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Dignidad
Cada día que pasa noto como mis manos no responden a las órdenes de mi cerebro. Pienso perfectamente, pero las piernas no parecen a veces parte de mí, ni la espalda, ni siquiera puedo dar un paso sin que note como algo se aleja de mí, irremediablemente, para siempre, un camino sin retorno.
Yo, que siempre he sido una luchadora, que vencí al cáncer, a la rotura de una cadera, que no pueda con esto, es decepcionante. Lucho, pero noto, como él me va ganando, el párkinson, y yo voy perdiendo, hasta la dignidad.
Yo, que siempre he sido una luchadora, que vencí al cáncer, a la rotura de una cadera, que no pueda con esto, es decepcionante. Lucho, pero noto, como él me va ganando, el párkinson, y yo voy perdiendo, hasta la dignidad.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Una luz
Cuanto despertó la luz continuaba encendida. No sabía cuantas horas había dormido, ni siquiera sabía muy bien si era de día o de noche. Siempre igual.
La única conciencia que tenía es que había pasado mucho tiempo, demasiado.
Un paso, dos, tres, pared.
Un paso, dos, tres, pared.
Repetía el movimiento cientos de veces, hasta que las piernas le dolían y se sentaba en el suelo a descansar.
Aprendió a calcular según los horarios de las comidas. Supuso que ellos no le cambiarían las horas de desayuno, almuerzo y cena, pues la merienda no existía.
Durante todo el tiempo que llevaba allí se había propuesto no llorar y lo había casi conseguido.
Seguramente le habían dado por muerto, su familia no debía sufrir por él.
Pero el no iba a desfallecer, mentalmente era fuerte y lo demostraba día a día.
Con un trozo de azulejo del suelo rallaba en la pared donde daba el camastro, una línea de cada cena que pasaba.
Tenia que sobrevivir.
Rezaba todos los días por su libertad, lo hacía en silencio, para sí.
Ellos apenas se dejaban ver y él no les pedía nada, porque nada obtendría.
No les suplicaba, porque quizás lo que querían era verle sufrir.
Unicamente le obsesionaba una cosa.
Esa luz, esa maldita luz sin interruptor.
La única conciencia que tenía es que había pasado mucho tiempo, demasiado.
Un paso, dos, tres, pared.
Un paso, dos, tres, pared.
Repetía el movimiento cientos de veces, hasta que las piernas le dolían y se sentaba en el suelo a descansar.
Aprendió a calcular según los horarios de las comidas. Supuso que ellos no le cambiarían las horas de desayuno, almuerzo y cena, pues la merienda no existía.
Durante todo el tiempo que llevaba allí se había propuesto no llorar y lo había casi conseguido.
Seguramente le habían dado por muerto, su familia no debía sufrir por él.
Pero el no iba a desfallecer, mentalmente era fuerte y lo demostraba día a día.
Con un trozo de azulejo del suelo rallaba en la pared donde daba el camastro, una línea de cada cena que pasaba.
Tenia que sobrevivir.
Rezaba todos los días por su libertad, lo hacía en silencio, para sí.
Ellos apenas se dejaban ver y él no les pedía nada, porque nada obtendría.
No les suplicaba, porque quizás lo que querían era verle sufrir.
Unicamente le obsesionaba una cosa.
Esa luz, esa maldita luz sin interruptor.
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