sábado, 14 de septiembre de 2013

El hombre del saco

El hombre dejó su saco junto a los escalones de entrada, saludó a la mujer mayor, muy mayor, sin edad para ser más exacto, que se encontraba detrás del mostrador. Ella, sin decir nada, se fue hacia el patio que daba acceso a su casa y al momento salió un chico que le dió dos palmadas en el hombro, buscó en el cajón y le dió una cajetilla de celtas cortos. El hombre sonrió agradecido con esa boca escasa en dientes que no le hacían mayor, simplemente, eran faltas de los avatares de la vida.

Juntos salieron a la calle y se sentaron en el primer escalón del estanco. Hablaron de cosas del pueblo, pasó el maestro camino de la barbería, en la puerta de su tienda se asomó Antonia Notario, les miró a lo lejos pero no les dijo nada, pues su vista no alcanzaba hasta donde estaban ellos. Algunos niños más se sentaron junto al hombre del saco, bromeaban, mujeres subían la empinada cuesta con cestas de mimbre cargadas de compras del cercano mercado.

Bartolo les decía adiós con la alegría que daba su libertad, pero esa era también su forma de ser.

Han pasado tantos años como recuerdos, pero en mi mente siempre estará el hombre que eligió vivir con su armónica, su perrillo y su cueva como compañeros.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuento de verano: la luz de los aviones

En esta tarde fría en la que los últimos aviones rezagados se preparan para pasar el invierno en Africa, en la que las blancas nubes se hacen dueñas del cielo, en la que los últimos rezagados se pegan los chapuzones en la piscina, los niños apuran sus jornadas de vacaciones antes del colegio, una triste historia  contada este verano, verídica, en esos años en los que vivir en un pueblo pequeño se hacía difícil, pero más aún, si vivías en pleno campo, años de hambre, de enfermedades, de penurias y de tristeza.

" Cada atardecer la niña se alejaba un poco de la casa, apenas unos metros, los suficientes para sentirse en soledad con ella misma. Eran esos pequeños momentos que tenía de descanso en la ajetreada vida al cuidado de animales, el pequeño huerto y dos habitaciones que configuraban su pequeño hogar.

Su padre preparaba mientras tanto la cena, escasa, pero era lo que había.

Veía los aviones cruzar entre luminosas estrellas y soñaba...

Una mañana de verano, dos años antes, Carmen, la mayor de las hermanas comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza que no remitieron con el paso de las horas. Durante la madrugada, el dolor aumentó en demasía. Cuando el médico rural llegó era demasiado tarde. Antonia no entendía nada, llantos, lágrimas y su hermana que no aparecía por lugar alguno. Su madre la abrazó intentando consolarla, mientras Juana, la siguiente en edad, se hacía la fuerte. Un avión recorrió el cielo en ese instante.

A los tres meses llegó el otro mazazo: La tuberculosis se llevó en pocos días a varios vecinos de la familia, y entre ellas a la hermana, nada se pudo hacer. La zona quedó en cuarentena y en vigilancia, pero para todos el sobrevivir se hizo cuestión de fe. La pérdida de las dos hijas había sumido en la desesperación más absoluta a Carmen, pero sacaba fuerzas de las pocas que tenía para mimar a la pequeña.

Una mañana de primavera, luminosa como pocas, José entró a desayunar a la casa, pues había madrugado para intentar cazar algo por los alrededores, y encontró a su mujer muerta sobre la cama. Había en ella una expresión suprema de tristeza y un brillo especial en sus ojos.


Han pasado sesenta años y la niña aún recuerda cómo se refugiaba tras la tapia esperando que la luz de los aviones le trajese a casa a sus hermanas y a su madre "



lunes, 5 de agosto de 2013

Cuento de verano ocho: los abrazos rotos

Hace un año ya que desaparecieron de su mundo, como el título de aquella película de Almodóvar, los abrazos rotos.

Se fueron aquellos besos que sabían a amargura, a falsos, a cariños hipócritas, a lenguas ajenas, a olas que van y no regresan, o vuelven revueltas, llenas de arena, sucias.

Y ella quería creer que eran auténticos, sinceros, entregados a la pasión que se escapó resbalando por las suelas de aquellos zapatos marrones como sus ojos.

Sentir sus poderosas manos sobre la espalda le producía escalofríos que recorrían cada palmo de su cuerpo, eso que ella quería llamar amor se llamaba mentira.

Esos mismos dedos acariciaban al mismo  tiempo otros cuerpos,  hacían sentir las mismas sensaciones a otras cuyos nombres jamás habría de conocer ni aunque lo hubiese implorado a la más poderosa de las hechiceras del planeta.

Los pequeños momentos de intimidad se habían ido suavizando en el tiempo como las últimas hojas que caen de los árboles cuando el otoño se muestra poderoso.

Ahora sentía dolor en su interior, más por haberse engañado a sí misma bajo la coraza que algunos llaman amor que por perder a alguien que hizo de la mentira su ritmo de vida.

domingo, 4 de agosto de 2013

Cuento de verano siete: Realidades

Esperó a que el cansancio del cuidar de sus cuatro nietos le venciera y con la cobardía de la que solamente son capaces los seres rastreros, miserables, detestables e iracundos como él, a oscuras, sin espejos para mirarse, sin luces acusadoras, con la complicidad de la noche acabó con sesenta y nueve años de vida de ella.

Le bastó una simple herramienta, un inocente martillo, para ahondar en su propia miseria personal.

Aquella a la  que había maltratardo tantas veces en vida, aquella que jamás pudo sentirse orgullosa de su marido, aquella que escondió sus verguenzas debajo de la falda, que mintió por amor, ocultó por miedo a romper el pequeño hilo que sostenía a una familia que no merecía siquiera llamarse así.

Por eso, ni órdenes de alejamiento le habían valido.

Cuando quiso, pudo.

Y eso es lo más desgraciado de esta historia.

Ni siquiera fue capaz de sollozar.

Dentro de su podrida mente, algo le hizo pensar que había hecho justicia.

Aunque fuera consigo mismo.

Asco de vida, de ser, de persona.

martes, 23 de julio de 2013

Quiero

Quiero bajarme de este tren desbocado que nos lleva hacia un más allá sin mirar atrás.

Tirarme por la ventana del último vagón ante de que todo estalle en mil pedazos, antes de que sea demasiado tarde para evitar más destrozos.

Aunque caiga sobre piedras, o ruede por un prado durante horas hasta quedar tendido  boca arriba mirando el cielo eterno.

Quiero que los días no transcurran, que las noches sean eternas.

Volver a esos lejanos tiempos en los que el verano duraba tanto que nos hastiábamos de él.

Cuando la chicharra cantaba,

Quiero sentir el olor de un amanecer con deleite, no el fugaz momento que vivo ahora en el trayecto hacia las obligaciones.

Bajar velocidades.

Respirar el aroma de la paz que destilan las rosas de mi jardín.

Contemplar el ir y venir de olas sin pensamiento.

Solo ellas, siempre ellas.

Quiero ser dominador de mi tiempo.

No un monigote de las circunstancias.

Quiero vivir.

jueves, 18 de julio de 2013

Cuento de Verano Cinco.

Cuento de verano cinco:

Entró contagiándolo todo, como las hormigas que invaden la basura en instantes, se apoderó primero de su mente, luego de su cuerpo, por último de sus sentimientos.
 
Cuando pensaba decir sí, contestaba no.

Hubo un momento en que ya fue tarde, para reaccionar, para oír, para hablar.


Desde ese día nadie lo ve, ni se le huele, hasta la risa que lo inundaba todo se fue de vacaciones perennes para no volver.

No está muerto.

Simplemente el miedo vive en él.

viernes, 12 de julio de 2013

MIGUEL ANGEL BLANCO

Sintió una ráfaga de luz a su espalda.

 Ese y no otro, fue el último recuerdo que tuvo.

Antes, miedo,

Esperanza

Fuerza

Estos fueron los sentimientos que tuvo en las horas de su cautiverio.

Y la de los que sufrimos con él contando las horas

Los minutos,

Los segundos.

Al fin, la nada más absoluta.

Y los llantos.

La indignación.

La incomprensión.


Jamás una muerte se lloró tanto.

Por el amigo, por el conocido, por su juventud, por la  injusticia.

Han pasado quince años.

Sigo sin comprendar nada.