Llegaría tarde, lo presentía. Habían puesto todos los medios para que el encuentro fuese lo más cordial posible, pero en su más hondo interior sabía que si algo le molestaba a su interlocutor era que se retrasasen en las citas. Y cuando se cabreaba, menudo era, que preguntasen en media Europa.
El tren salió bien temprano, eran cuatro horas las previstas entre Madrid y Francia. La mañana había salido despejada, aunque los primeros fríos del otoño se hacían notar. El pequeño hombre iba vestido con su uniforme usual, algo largo de pernil, pero la estatura no era su fuerte. Cuando volviesen a Madrid, tendría que echar una buena reprimenda al sastre personal.
El viaje pretendía ser distraído, los que viajaban en el vagón junto a él bromeaban con asuntos nimios, pero en el ambiente flotaba la tensión por la importancia de la reunión.
Tomó café con pan, aunque cuando se encontraba dándole un último buche a la taza, el tren hizo un giro brusco y parte del café cayó en sobre el impecable traje dejando una gran mancha. Renegó y maldijo al maquinista, su lugarteniente más cercano intentó quitar los restos, pero fue imposible.
Lo sabía, todo iba a salir mal, llevaba mucho tiempo preparando la cita, él, que se dignaba de ser un gran estratega.
A las 2.00 de la tarde sirvieron el almuerzo, pero no quiso probar nada, más en previsión de nuevas manchas que por hambre. Tendría que mandar revisar todas las vías, el artefacto se movía demasiado.
A las 2.30 horas pasaban la frontera sin problemas, quedaba solamente media hora para la cita, pero todos coincidieron en que llegarían a tiempo. La hora marcada era las tres.
A menos de un kilómetro, estando revisando documentos, un golpe seco les hizo salir disparados y caer a todo lo largo del vagón, produciéndose magulladuras cuatro de sus ayudantes y él mismo. Alguien gritó que una vaca se había cruzado en la vía y que la locomotora se la había llevado por delante. No podían seguir por ahora.
Dios, porqué me haces esto, gritó el pequeño hombre.
A las 15.30 horas, el hombre que esperaba en la estación de Hendaya dió orden inapelable en alemán de que el Erika emprendiera la marcha.
Malditos españoles, siempre tan informales. Se iban a enterar, conquistaría la península y hasta Marruecos si hacía falta.
En el tren del lado español, mientras todo eran prisas, Franco se derrengó en el sofá, pequeño como él.
Una vaca condicionaría el desenlace de la segunda guerra mundial.
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jueves, 20 de enero de 2011
viernes, 9 de abril de 2010
Hacía frío, mucho frío, demasiado.
Ocho hombres intentaban avanzar a duras penas por la montaña de nieve. El día anterior habían tenido que sacrificar el último yak que les quedaba.
Nadie miraba hacia atrás para no desmoralizarse. Una larguísima línea roja se reflejaba sobre el blanco, sangre de los compañeros muertos y abandonados, sangre de fracaso y desesperación.
La suya era una huida hacia delante, lo que había nacido como un proyecto ilusionante preparado en el más absoluto de los secretos se estaba convirtiendo en una pesadilla sin fin.
Habían diseñado un plan durante meses, elegido a los mejores hombres, los más fuertes, los más preparados, entrenados para soportar las condiciones atmosféricas más duras en la montaña sagrada, en el Tíbet.
LLevaban demasiado tiempo dando vueltas sin rumbo por caminos zigzagueantes que ascendían hacia el techo del mundo.
Estaban hambrientos, sedientos, desmoralizados y perdidos, sobre todo, perdidos.
Cuarenta soldados bajo el mando del general Strok no habían bastado para hallar ni siquiera una huella de su objetivo.
Al amanecer del trigésimo día decidieron regresar, abandonaban la misión, pese a que se enfrentaban a un consejo de guerra cuanto regresaran, pero no había camino de vuelta, ni siquiera tenían quién les guiara.
Un compañero se dejó caer y allí se quedó. Nadie tenía fuerzas para socorrerle.
El general intentaba marcar un rumbo, oteó el horizonte y de pronto lo vió. Era él, estaba seguro.
El animal les miró, exhaló un grito parecido al de una gaviota y se alejó dando potentes zancadas. Era grande, blanco, y muy peludo, Strok no tuvo por menos que contentarse con haber visto al Yeti, ni siquiera hizo el intento de perseguirle porque armas no tenía y fuerzas tampoco.
Se sentó sobre la nieve y gritó muy fuerte en un perfecto alemán: " Maldito Hitler, maldito seas ".
La montaña devolvió rebotado y amplificado el sonido por mil.
Un ruido seco se oyó allá arriba.
Le había contestado.
La avalancha estaba cerca.
Se prepararon para morir.
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