domingo, 29 de noviembre de 2009

" Croquetas para cenar "

Una noche como tantas otras, sin novedad, rutinarias. Tras dormir a los los niños, ella se dispuso a preparar la cena mientras él se tomaba una cerveza en el sofá viendo su serie favorita.
Salió de la cocina, se asomó al salón, lo miró absorto en la televisión y una mueca de tristeza se posó en sus labios. En esos momentos la vida de ambos pasó como un flash por su mente, se preguntó qué había cambiado en la relación.
En principio nada, dos niños que poco a poco se iban haciendo mayores, ella cuidando de la casa, él en el trabajo que le ocupaba mediodía, el fútbol los fines de semana, las quedadas de él en el bar con los vecinos, alguna comida familiar institucionalizada los domingos, la siesta, el ordenador.
¿ Quién había cambiado, se preguntó, para que el amor, la pasión y todo lo demás se hubiera volatilizado como el azucarillo ?.
El desde luego no, quizás en su subconsciente es lo que ella había deseado siempre, tener un hogar, una casa, un marido, unos niños, algo que contar a sus amigas.
¿ Pero porqué ahora le ahogaba la vida ?.
¿ Sería la crisis de los cuarenta ?. A lo mejor.
Iba a decirle algo a él, pero se lo pensó mejor y siguió haciendo las croquetas en la cocina.

martes, 24 de noviembre de 2009

Luz de otoño

Día uno o más bien, primer día y último, pues se acabaron los recuentos.
A partir de ahora me espera una vida por disfrutar, quiero beberme a sorbos cada momento, cada olor, situación, momento, ilusión, cariño, encuentro, amigos, todo.
Ayer cuando venía para mi casa, atravesaba la ciudad en el coche, sentía todo nuevo. Yo había estado casi veinte días viendo lo mismo, una imagen casi fija del mundo, una calle, gente de azul, verde o blanco yendo de un lado para otro, un ficus en la puerta de urgencias y poco más.
Cuando volvía me daba cuenta de lo insignificante del ser humano frente al universo, aunque parezca un poco cursi. Todo se mueve con una normalidad pasmosa, el centro comercial lleno, la autovía a rebosar de coches, el metro funcionando a empujones cuando pasaba por nuestras cabezas, el sol inmisericorde sin nubes de oposición, un reloj que no deja de funcionar, un tren que arrancó y no para nunca, un engranaje casi perfecto que no echa de menos al más insignificante de los pequeñísimos tornillos que lo forman, el mundo que se mueve.
Así que nada, a meterse de nuevo a la máquina y a rodar, es lo que toca, y por supuesto, sin oxidarme.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Libre

Ha venido la doctora esta mañana, me ha dicho que todo va bien, perfectamente y que me voy de alta hoy mismo.

Estoy esperando que me den los últimos papeles que faltan y saldré por la puerta del hospital.

Comienza una nueva vida para mi.

Seréis testigos.

Gracias.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Mis papás

Pero hijo, ¿ A estas horas vas a salir ?. Si quieres te hago una tortillita y un poco de caldo que tengo en la nevera.
El hijo la mira con gesto condescendiente, se acerca y le da un beso en la frente.
- Mamá, voy a cenar con unos amigos y después iremos a dar una vuelta por el centro.
Ten mucho cuidado con la bebida, que sabes que te sienta mal. Y los controles, que la Guardia Civil que se pone a hacerlos de madrugada.
Deja al chiquillo, que ya es mayorcito. El sabe lo que se hace.
- Cuidado con las pelandruscas.
Ella peina canas, bastantes, tiene el pelo suelto, lleva un babi con colores pálidos y unas zapatillas gastadas.
Mira a su padre, Julián, que le sonríe y suelta una carcajada sonora.
- Sí tú ríete, que luego pasa lo que pasa. Cualquier día llega una cualquiera con un niño en brazos y nos dice que el niño es tuyo.
El padre está sentado viendo la televisión, ronda los sesenta, el tiempo ha marcado sus rasgos físicos.
Mamá. que tengo cuarenta y cinco años. No te preocupes por mí.
Coge la cazadora del perchero, besa a Julián en la cara y da un abrazo intenso a María.
Os quiero.
Cierra la puerta suavemente.
Mientras baja en el ascensor se mira al espejo y dice: No ha sido mala idea lo de la adopción.
Hijo único, solitario, con unos padres que murieron cuando él tenía quince años, decidió que tenía que buscar el cariño familiar y lo encontró. Y el amor fue mutuo.

sábado, 21 de noviembre de 2009

" 13 rue del percebe "



Recuerdo que cuando llegué a Sevilla allá por el 92 fui pegando tumbos por pisos de lo más variopinto, de Pedro Salvador, a El Cerezo, de Rochelambert al Cerro. Y ya había vivido en Cádiz los tres años de la carrera en lugares más o menos curiosos del casco antiguo de la tacita.
Para mi, que me había criado en una casa, más o menos destartalada, antigua, tener la sensación de que debajo tuya había gente, que encima también, que las paredes eran en algunos casos un poco más que papel esa experiencia fue un " poco chocante ".
Viví situaciones como todo el mundo que habita en un bloque. Desde la vecina guarra que dejaba que la perrita tan desagradable como ella se hiciera pis en el portal, la cotilla que escondía sus miserias personales cotilleando por la ventana del hueco, las dos sordas como tapias que veían las películas en una supertele, pero que los cascos no los usaban porque molestaban las orejas, los quejidos de un moribundo que parecía dormir conmigo, el traficante que llegaba a casa de madrugada vacilando de dinero con su mujer, la del 1º que movía los muebles de la casa a las tres de la madrugada, los negritos del bajo que engancharon el teléfono del vecino, los niños del cuarto que parecían diablos posesos a todas las horas del día, o porqué no hablar de Paquita, la que nos acogió en su casa y le ponía un candado al teléfono ( que tras un robo magníficamente planificado entre todos, le sacamos la llave de la bata y le hicimos una copia ). Por ello cada vez, que alguien quería hablar, montábamos el sistema de vigilancia. O de Visente, no Vicente, el chulo hijo de la dueña de nuestro primer piso de Cádiz, que se meaba en el lavabo porque le salía de los huevos.
Cuando Ibáñez se decidió a crear "la 13 rue del percebe ", no iba muy desencaminado de la realidad y creo que a veces se ha quedado corto.

Traigo un tema a colación del genial Javier Krahe, autor desconocido para mucha gente, pero monstruo donde los haya, desde la época de Sabina con la Madrágora. Si os apetece oídlo, es fino, fino.

jueves, 19 de noviembre de 2009

" El hombre durmiente "


Pedro tenía una ilusión desde casi su nacimiento. Cuando fue pequeño su madre le recitaba al oído " duérmete niño, duérmete ya, que serás feliz y soñarás ".



Aparte de estudiar y jugar por las tardes, Pedro fue creciendo con ese deseo, dormir, cuanto más y mejor.



Pensaba que comer era una obligación para subsistir, un mal necesario.



No es que fuera introvertido, es que mientras oía al profesor pensaba en su cama, en estar bajo las sábanas acurrucado.



Estudió informática y encontró pronto trabajo, ocho horas desde su casa, con su ordenador. Apenas tenía que desplazarse a otras ciudades. Se levantaba a las 09.00 horas, desayunaba un café, paraba para comer a las 14.00 horas y a las 03 de la tarde solventaba incidencias hasta las 17.00 horas. Luego la siesta de una hora y media no la perdonaba nunca, ni siquiera los fines de semana. No tenía televisión, apenas oía la radio, no las necesitaba.



Nunca hizo intentos por conseguir una pareja, aunque no era mal parecido, ni tampoco tímido. Simplemente era una cuestión que no le interesaba. Una vez tuvo un rollo, pero al mes se dio cuenta de que las horas que pasaba con ella no le compensaban las perdidas sobre la almohada.



Así fueron pasando los años, Pedro se fue haciendo mayor, pero era feliz. Tenía lo que siempre había anhelado. Cada año hacía un viaje al extranjero en el mes de vacaciones, siempre a un lugar con playa. Pedía la habitación con mejores vistas de la ciudad y desde allí, en la cama recién estrenada, hacía turismo de una forma diferente.



Por el día alquilaba una hamaca con sombrilla y se entregaba al placer de morfeo, cuando llegaba la noche, apenas cenaba cualquier cosa en el lunch y se subía pronto a contemplar el mar desde allí. Entonces soñaba, soñaba con exhuberantes mujeres, con desiertos, con comidas pantagruélicas, con volar, con museos, con duendes, con otras camas, con besos, con nadar hasta el fondo del océano, con caricias, en fin, soñaba.



Los años fueron pasando en su vida, se hizo mayor, no tuvo amigos ni nunca los necesitó.



Un día de otoño, Pedro sintió la extraña necesidad de pasear por el parque, las hojas caían a un lado y otro, el sol comenzaba a ocultarse. A esa hora casi nadie se atrevía a desafiar al frío nia la amenaza de lluvia.



El hombre encontró un banco aislado, se sentó en él; Al poco tiempo su cuerpo fue inclinándose hasta quedar tumbado a todo lo largo. Pedro cerró los ojos y se quedó dormido. Sus labios transmitían felicidad.



Esa tarde Pedro se convirtió en estatua de hierro.



Desde entonces, en el parque existe una figura en un banco a la que todo el mundo conoce como " el hombre durmiente ".





Dedicado a mi amiga Patricia.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Share- 2ª parte

Playa de Ipanema. 07 de la tarde, verano.

Entre garotas impresionantes, bikinis minúsculos y brasileiros bailando samba, un hombre con una melena larga, espesa, rubia, observa el zigzageo de las olas.

El pelo no le hace razón a la edad. Podría perfectamente tener cincuenta años, viste una camisa de flores, unas bermudas verdes, está delgado y sonríe mientras toma un daikiri.

Es feliz.

Se llama Fernando Meireles da Pinto.

Piensa que no es tan malo eso de morirse.

El lo ha comprobado ya una vez.